Las representaciones gráficas o visuales, han
existido desde que el ser humano logró comprender su entorno y encontró la
forma de poderlo plasmar, esto ya sea en pinturas, figurillas o cualquier manifestación
que lograra personalizar para dotar de significación lo representado. El
retrato ha sido hasta ahora, la idealización más importante que han tenido como
registro de los grandes líderes y personas importantes que han roto barreras en
el tiempo, todo por dejar plasmada su imagen en algún plano o figura.
Esta
herencia nos ha dejado los relieves mesopotámicos, los grandes murales egipcios
con los faraones y enigmáticas anécdotas; las esculturas y vasijas griegas, las
pinturas y mosaicos romanos; las grandes imágenes de cristo en los templos
bizantinos, las representaciones de monarcas, reyes y santos. El retrato se
tomó como algo más personal hasta la llegada del renacimiento, ahí se convierte
en un elemento importante entre las sociedades, puesto que otorga posición, categoría y
reconocimiento. Ya no solo pertenece a los reyes, ni a Cristo, santos o vírgenes,
se vuelve parte de quien puede adquirirlo y pagarlo.
Hasta
la invención de la cámara fotográfica, el retrato no había tenido tanta
presencia y utilidad que formara parte de casi cualquier persona o familia que
optaba por retratarse. La fotografía se convierte en el medio esencial y en
teoría más simple y rápido de capturar una imagen, idea que, sin desconectar
con el pasado, nos remite a que todos tenemos la necesidad de ello,
guardar nuestra imagen y exponerla a los que nos rodean. Costumbres que nos
caracterizan como seres que por más que pase el tiempo, tratamos de mantener el
recuerdo de quienes existieron, en un retrato.
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